Pensar el espacio de la Democracia, nos devuelve el infinito

Pensar el espacio de la Democracia, nos devuelve el infinito

Pensar el espacio de la Democracia, nos devuelve el infinito

Si hay algo de lo que hasta ahora estamos seguros es que cuando miramos al mundo vemos muchos signos de lo infinito, de lo desmesurado de la propia creación. Mientras más alcance tiene el catalejo más somos conscientes de nuestro desconocimiento, de nuestros límites, de los límites que hemos heredado y que quizás nuestra misión sea extenderlos, pero, de ante mano, sabemos que esta extensión no será suficiente para llegar al final, para terminar de conocer todo el espacio. Si cambiamos esa orientación hacia afuera, y buscamos conocer las cosas más cercanas e inmediatas incluso nuestro propio cuerpo, incluso nuestra propia historia, constatamos el mismo infinito, los mismos límites de conocimiento.

Sin embargo, a pesar de saber esto, a pesar de constatar una y otra vez nuestros límites, nos creemos siempre con la posibilidad del conocimiento absoluto, nos movemos con esa aparente certeza de posesión. A partir de que aprehendimos a sumar dos más dos, creemos que lo demás es solo repetir el mismo proceso, ciertamente un poco más complejo, pero pensamos que si seguimos ese camino seguramente tendremos todos los resultados, escalaremos por encima de aquellos que no hayan llegado a esta suma en la que estamos, así que tiene sentido para nosotros, es una dirección clara, se acumulan los conocimientos  como si fueran ladrillos que nos permiten fortificarnos, nos protegen frente a todo aquello que amenaza nuestra vida, todo aquello que no somos.

Con esto no quiero decir que protegernos no sea importante, sino que puede ser un falso pretexto para edificar un muro en el cuál, cosa extraña, nos encontremos en la cima (siempre ilusoria), por encima de otros, protegidos y resguardados en ‘‘nuestras certezas’’. Si hay algo que verdaderamente nos conmueve, y con ello a todo el edificio apéndice nuestro, es que nunca estamos completamente seguros, siempre quedan muchas cosas por ordenar y dominar, y en ese proceso de dominación tenemos la falsa impresión de estar cada vez más lejos del alcance de aquello o aquellos que nos amenazan. Entonces, una y otra vez, nos consagramos a extender este proceso, a solidificar mejor nuestro campo de dominio, nuestro pequeño universo.

Sin embargo, a veces parece ser contradictorio este movimiento de ascenso, porque mientras más arriba subimos vemos como se tambalea nuestro edificio, dado que los cimientos no soportan tanto peso, entonces, debemos bajar y buscar ganar terreno, porque, para profundizar en los cimientos abría que desmontar todo el edificio, dolorosa tarea para aquel que lleva muchos años consagrado a construirlo. Entonces la cuestión es sin dudas, conquistar los terrenos cercanos, ahí quizás, si no tenemos el poder de conquista, o si la conquista implica un costo o peligros similares, debemos negociar y hacer algunas alianzas, pero siempre con el fin claro que es para lograr hacer más elevado nuestro edificio, mientras más arriba, más dominio, más gloria, más poder. Entonces creamos estructuras sociales que salvaguarden nuestro edificio, nuestro sentido.

Si sólo consideramos a lo exterior como una amenaza que debemos conquistar, nos endurecemos, nos hacemos sordos ante muchos signos de la realidad, y quedamos ciegos ante aquello que nos desborda. Si sólo tenemos oído hacia aquello que ocupa una función en nuestra estructura de dominación, aquello que es funcional a nuestro propósito, lo demás, es ruido que amenaza, interrumpe, empobrece y debilita nuestra estructura. Lo otro es sin dudas, el enemigo.

No importa que nombre lleve nuestro edificio, mientras pretenda ser una extensión o apéndice de nosotros mismos, será reducido, sordo, ciego y sobre todo arbitrario (imagen de nosotros mismos). Como hemos visto desde el principio, no tenemos la posibilidad del conocimiento absoluto, de hecho, la mayoría de las cosas que creemos nos pertenecen, no las conocemos y de hecho han sido heredadas. Si volvemos al proceso de construcción de nuestro edificio vemos que cada ladrillo tiene su historia y su proceso, incluso nos percatamos que algunos no los conocemos bien, vemos grietas y temblamos de horror. Incluso nuestro propio cuerpo, en este sentido, no es nuestro, nuestro propio cuerpo es una herencia que también desconocemos imagen del infinito mismo.

¿Qué significa entonces el nombre de nuestro edificio? Lo podemos llamar, Pepe, Lola, o lo podemos sustituir por cualquier concepto, Patria, Estado, Pueblo, Humanidad, e incluso Democracia. ¿Realmente el nombre que le ponemos cambia algo? Si nos detenemos en los nombres completos de algunos países con dictaduras, vemos como la palabra democracia, república, pueblo, forman parte de su nombre y de sus discursos (desgraciadamente son muchos los que creen que simplemente porque esos regímenes invocan esos conceptos no son dictaduras). Pero, que es lo que los convierte en dictaduras reales si no, el proceso, el modo de construcción. Con esto, no quiero decir que el nombre no signifique nada, no quiero decir que el concepto no sea relevante, sino que el proceso de construcción y las relaciones de los que lo construyen es lo que posibilita que el concepto sea entonces algo real o sea una carátula o máscara.

Si el edificio, o la ciudad, que pretendemos construir se llama Democracia, ¿por dónde debemos comenzar? O mejor: ¿Por dónde debemos continuar? ¿Qué debemos cambiar, modificar, variar, arreglar, o quizás destruir? A cada paso, las preguntas se multiplican, se extienden más allá de nuestra comprensión, se descubren senderos desconocidos, pero lo desconocido, no tiene que ser necesariamente enemigo, de hecho, como vimos, habitamos en lo desconocido, nuestra propia realidad es infinita para nosotros. Por lo tanto, si estamos convencidos de que debemos construir algo que no sea una falsa imagen de nosotros mismos, que no sea un apéndice, ciertamente ilusorio, de nuestras ideas arbitrarias y que sea un espacio donde podamos dialogar con nuestros límites, debemos no solo incluir a los otros, sino incluir lo otro de nosotros mismos. Aquello que nosotros mismos no considerábamos parte nuestra porque simplemente no mirábamos ese lugar, o desde ese lugar, pero que está ahí y de hecho forma parte.

Esta apertura impide que de momento cristalicemos en falsas ilusiones de dominio, como fin en sí, impide que cometamos las mismas arbitrariedades que vemos en aquellos que consideramos ‘‘nuestros enemigos’’ impide que caigamos en el error de idolatrarnos como fin en sí. Simone Weil en el ensayo ‘‘La persona y lo sagrado’’ destaca que la idolatría del yo y la idolatría del nosotros son peligrosas y han causado, a lo largo de la historia, las peores y más inhumanas masacres y destrucciones. Bajo distintas ideas, religiones, y objetivos (por más buenos que se piense que sean teóricamente), se han construido a lo largo de la historia cuerpos sociales idólatras de sí mismos, que en su pretensión de dominio han destruido todo a su paso, todo lo que no reconocían como propio, y si no, por lo menos lo han intentado.

Construir un espacio democrático implica entonces suspender este impulso ciego de dominio y abrirnos a lo otro. Esto no es un suicidio, no es necesariamente destruir las construcciones que tanto nos han costado, sino tomar primeramente distancia de nosotros mismos, no colocarnos como fin en sí. Cuando nos reconciliamos con nuestros límites, propiciamos el descubrimiento y a la vez la posibilidad de que los otros, aquello que no somos, compartan junto a nosotros de la edificación de un espacio democrático, en que podamos respirar juntos, sin la amenazante idea de la ‘‘escasez’’, porque ciertamente hay mucho que compartir. Eso por suerte, también es infinito.

Luis Alberto Mariño Fernández

Doctorando en Composición Musical, UCA. Coordinador del Área Arte & Democracia de Cultura Democrática